Algo se rompió ayer. No solo en la imagen, no solo en las formas. Se rompió una de esas fibras invisibles que sostienen una democracia madura: el respeto institucional mínimo. En la reunión de presidentes autonómicos, una ministra se acercó —quizá con gesto de cordialidad— a saludar a una presidenta autonómica. La respuesta fue:
«¿Vas a besar a una asesina de ancianos?»
Y entonces, lo supimos: hemos dejado de hablar. De hablar como país. Como adultos. Como ciudadanos con diferencias, pero con un proyecto común. Porque eso era la política: el arte de vivir juntos sin destruirnos.
Mientras tanto, en el Congreso, se celebra que algunos hablen en gallego, euskera o catalán como si eso fuera —en sí mismo— un acto político de justicia. Pero el problema no son las lenguas. Todas son bellas y valiosas. El problema es su uso como herramienta de distancia, no de encuentro. Cuando se usan para marcar territorio, para desdibujar el vínculo con el otro. Para decir “esto es mío y tú eres extranjero”. Cuando lo más fraternal sería entendernos primero en aquello que todos compartimos: el castellano, que nadie ha olvidado y todos dominan.
Nos duele el lenguaje. Nos duele la política como lenguaje roto. Como escándalo sin construcción. Como memoria usada para dividir y no para sanar. Como un presente atrapado en la guerrilla simbólica del pasado.
Por eso, desde aquí, desde dimasii.org, proponemos lo contrario. Una política del reencuentro. Un lenguaje de reconstrucción. Que cada palabra pública no sea una bala ni una consigna, sino un puente. Que cada lengua, cada memoria, cada herida se puedan decir… sin miedo. Porque el miedo y el odio son los verdaderos adversarios de toda democracia.