Publicado por Dimas II | Proyecto Pax Nova
A veces sentimos que todo va en contra. Que por más que lo intentamos, los caminos se cierran, las puertas no se abren, los planes se desmoronan. Y entonces, casi sin querer, nos invade la sensación de que Dios mismo —o el destino, o la vida, o el universo— se ha vuelto contra nosotros.
Pero no. Sus razones hay.
1. Porque nos ama demasiado como para dejarnos vivir cómodos en lo falso
A veces caminamos por rutas que parecen seguras, pero están hechas de apariencias, de ego, de miedos disfrazados de lógica. Dios no permite que prosperemos allí, no porque nos castigue, sino porque nos protege. Nos lanza a la intemperie para que nazcamos de nuevo. Para que soltemos el decorado y busquemos lo esencial.
2. Porque quiere hacernos libres, no exitosos
El éxito sin verdad es una jaula dorada. Dios quiere vernos libres: sin ataduras a lo que no somos, sin necesidad de agradar ni de aparentar. Por eso a veces tumba nuestros ídolos, incluso los más sutiles: la reputación, el reconocimiento, el control. Para que, sin nada, podamos ser todo.
3. Porque no somos víctimas, somos elegidos
Lo que duele, enseña. Lo que nos frustra, purifica. Cada vez que creemos que Dios está en contra, en realidad nos está modelando, como el alfarero modela el barro. No somos juguetes rotos; somos vasijas sagradas en proceso de creación.
4. Porque su silencio no es ausencia, sino espera
A veces clamamos y no obtenemos respuesta. Pero el silencio no es castigo: es espacio para madurar. Como un padre que deja que su hijo camine solo unos pasos. Dios no está lejos: está detrás, cuidando. O delante, guiando sin imponerse. O dentro, aguardando que miremos hacia allí.
Conclusión:
Cuando parezca que Dios se ha vuelto contra ti, pregúntate si en realidad no estará invitándote a volverte tú hacia Él, pero no como antes. No como suplicante, sino como hermano. No como siervo temeroso, sino como ser despierto. Porque a veces Dios no quiere que lo sigamos: quiere que caminemos a su lado.