La respuesta inmediata de muchas personas sería que sí.
Cuando alguien habla de honestidad y luego se demuestra deshonesto, sus palabras parecen perder valor. Cuando alguien habla de justicia y actúa injustamente, sus discursos se vacían. Cuando alguien predica la paz y fomenta el conflicto, la contradicción resulta evidente.
Sin embargo, la cuestión merece una reflexión más profunda.
Las palabras tienen dos dimensiones distintas.
La primera es la verdad o falsedad de lo que dicen.
La segunda es la credibilidad de quien las pronuncia.
Y ambas cosas no son necesariamente iguales.
Un mentiroso puede decir una verdad.
Un hipócrita puede defender una causa justa.
Un hombre imperfecto puede formular una idea correcta.
La historia está llena de ejemplos.
Si rechazáramos automáticamente toda idea pronunciada por una persona imperfecta, probablemente tendríamos que rechazar una gran parte del conocimiento humano.
Ahora bien, tampoco sería razonable ignorar el comportamiento de quien habla.
Las acciones son una prueba importante de la sinceridad de las palabras.
Cuando existe coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, la credibilidad aumenta.
Cuando existe una contradicción permanente, la confianza disminuye.
Por ello conviene distinguir entre dos preguntas distintas.
La primera es:
¿Es cierta esta idea?
La segunda es:
¿Es coherente quien la defiende?
La primera afecta a la verdad.
La segunda afecta a la confianza.
Confundir ambas cuestiones suele conducir a errores.
Una mala persona puede expresar una buena idea.
Y una buena persona puede sostener una idea equivocada.
Quizá la madurez intelectual consista precisamente en ser capaces de analizar las ideas por su contenido sin dejar de observar la conducta de quienes las defienden.
Las palabras importan.
Los hechos también.
Y la verdadera credibilidad aparece cuando ambas cosas caminan juntas.