Hay escritores que han tardado quince años en terminar un libro. A veces no es por falta de inspiración, sino porque no encuentran el enganche editorial, el anzuelo que lo haga «publicable». Hasta que alguien —editor, asesor, crítico o amigo— les sugiere: ¿y si lo vinculas de algún modo a la Guerra Civil? Y entonces ocurre el milagro. El libro, que parecía invisible, se vuelve viable. Publicable. Interesante.
Esto no es casualidad. En España, la Guerra Civil ha devenido en un pedestal narrativo. Una estructura de legitimación. Un cadáver simbólico del que cuelgan muchos libros que, de otro modo, tal vez no verían la luz. La guerra no solo se combate en los libros de historia: se recicla en las novelas, se camufla en los ensayos, se susurra en los poemas.
Pero eso no es literatura libre. Es literatura condicionada por una herida nacional que, en lugar de curarse, se reabre para dar sentido a lo nuevo. Y no debería ser así.
No todo debe hablar de la Guerra Civil. No todo debe justificar su existencia desde ese pasado. Es hora de dejarla descansar. De enterrar definitivamente su uso como herramienta política, editorial o ideológica. Lo que necesitamos no son más reinterpretaciones: es perdón. Silencio interior. Reconocimiento mutuo del dolor sufrido por todos. Y, sobre todo, voluntad firme de construir una paz verdadera, también en las páginas de nuestros libros.