En este momento histórico en que España busca un rumbo más digno, más justo y más humano, queremos alzar la voz no para dividir, sino para sanar.
Han pasado más de ochenta años desde la Guerra Civil. Una tragedia profunda, desgarradora, que dejó cicatrices en todos los rincones del país. No hubo un solo bando que no sufriera. No hubo una sola familia que no perdiera algo. No hubo, en el fondo, inocentes ni vencedores: solo una nación fracturada que aún sangra en la memoria.
Hoy, desde esta tribuna libre y ética, queremos hacer una invitación solemne: pongamos punto final al uso político de aquella guerra. No para olvidar, sino para recordar con justicia. No para igualar lo desigual, sino para liberar del odio lo que aún queda atrapado en él.
La guerra fue responsabilidad de muchos. Las víctimas fueron de todos. Y el dolor lo sigue siendo, si permitimos que se siga utilizando como arma arrojadiza en el presente.
No hay proyecto de futuro sobre una memoria envenenada.
Proponemos un nuevo consenso:
Que nadie use la Guerra Civil para dividir al pueblo español.
Que no se reabran heridas con discursos inflamados ni se escriban leyes que segregan a los muertos.
Que el perdón y la piedad histórica sean más fuertes que la ideología.
Que el recuerdo sirva solo para que jamás se repita.
La reconciliación no es olvido, sino sabiduría.
Y la sabiduría, en los pueblos verdaderamente adultos, se manifiesta como paz, no como revancha.
Hoy decimos: basta.
Punto final a la instrumentalización del pasado.
Punto y seguido para una convivencia más limpia.
Punto y aparte para una historia que debe cerrarse en nombre de la verdad, la dignidad… y el amor.